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Educar
desde la frontera
J.
Luis González Yuste
Las
valoraciones negativas hacia los "diferentes" tienen mucho
que ver con la "exclusión social" de una parte importante
de la población. Es decir, además de otros factores muy importantes
-como las políticas reguladoras estatales, la precarización
en las condiciones de demanda laboral, etc.-, las conductas
basadas en prejuicios discriminatorios tienen mucho que ver
con condicionantes sociales. Así son, sobre todo, las desigualdades
sociales y no las diferencias culturales las que están en
la base de los procesos de discriminación.
En este sentido, se construye la conciencia de una supuesta
diferenciación apoyada en razones hereditarias, legendarias,
genéticas, tradicionales, históricas, y cualquier otra útil
para diferenciar. A este nivel, la mitomanía es amplia, múltiple
y variada. El discriminador es quien construye al otro como
diferente. El peor nivel se alcanza cuando en el imaginario
colectivo se identifica a un determinado grupo -interno o
externo- con el estereotipo de grupo enemigo, convirtiéndose
en culpables y, por ende, víctima propiciatoria.
El
deterioro de los acontecimientos puede generar una espiral
de enfrentamientos entre grupos. En la actualidad, este fenómeno
tiene su cara más virulenta cuando se encuentra ligado a la
inmigración. Siguiendo a Cañadell (1992):
- Los
nuevos inmigrantes pueden ser vistos como posibles "competidores:
El debate sobre la diversidad cultural no se puede realizar
sin reconocer impacto de las condiciones materiales para
un creciente sector de la población. Situaciones de carencia
de un techo, de desempleo, de pobreza, etc., son efectos
sociales de un sistema económico multinacional desigual.
Centrarnos en ello puede ayudar a "evitar reducir el problema
a simplemente las actitudes y temperamentos (…)" (Bañón,
1996). En este sentido, un estudio sobre el racismo significa
un estudio sobre la desigualdad social.
- La
crisis no es sólo económica sino también ideológica: han
decaído valores como: internacionalismo, justicia social,
etc., resurgiendo, a la contra el racismo, la xenofobia
o los nacionalismos excluyentes. Al respecto, de manera
muy contundente Younis (1994) dice que "cuando el ser humano
crece y se desarrolla inmerso en una estructura donde la
solidaridad es un ideal y un "slogan" manoseado por políticos
prisioneros del sistema, en vez de una realidad, conceptos
como nación, cultura o el color de la piel adquieren el
brillo y el resplandor del oro. (…) Y ésta es la tragedia,
pues ahí empieza la diferenciación de grupos, que pretende
despreciar, humillar y convertir a los otros en menos humanos.
En el peor de los casos, aniquilarlos."
En
un terreno como la emigración, donde los medios de información
potencian una "determinada" imagen social de los inmigrantes
y en que las políticas de las administraciones crean las coordenadas
para definirlos como un problema social, resulta difícil abstraerse
a esa construcción de la realidad social que, sobre todo,
implica rechazo, racismo e incomprensión.
Esta
visión responsabiliza de la pobreza y las luchas a quien la
padece, mientras se presenta al resto de países -ricos, se
entiende- como inocentes de la catástrofe y modelo a seguir.
Se legitiman, así, los proyectos de asimilación a la cultura
europea como la única vía "humanitaria" y posible. Así, Juliano
(1993) dice que "a partir de estos supuestos, tenemos ya servido
en bandeja el etnocentrismo, que en su vertiente paternalista
organiza ONGs para enseñar a la gente de color a planificar
los nacimientos y cultivar los campos; y en su vertiente agresiva
se arroga el derecho de invadir países para combatir la droga
o el terrorismo -alegando no confiar en la justicia de esos
Estados- y agrede o expulsa a los migrantes de los países
pobres que tratan de sobrevivir en el mundo rico -que prefiere
autodesignarse civilizado-".
Ante
estos "nuevos tiempos" los educadores tienen la responsabilidad
de construir una pedagogía de la "diferencia" que ni exotice
ni demonice al "otro", sino que intente situar la diferencia
tanto en su especificidad como en su capacidad de proporcionar
elementos para establecer críticamente relaciones sociales
y prácticas culturales. Se necesita, para ello, desarrollar
una concepción de la pedagogía "cuyo objetivo no sea meramente
poner al descubierto identidades de alteridad, como si éstas
existieran de forma independiente, empaquetadas y listas para
ser desenvueltas y denominadas" (Giroux, 1994).
En
este sentido, no somos sólo espectadores de la historia, sino
seres históricos, dice Oliveira (1998). El sistema educativo
para responder a las necesidades de su contexto debe elaborar
propuestas que permitan descubrir y desarrollar distintos
modos de apropiación de experiencia cultural. Así, para evitar
choques y poner en práctica una educación intercultural, necesita
de una serie de principios que den un viraje conceptual a
cómo se identifican las relaciones culturales:
-
Desde el principio de cultura múltiple: se trata de incorporar
un modelo identitario no exclusivo ni excluyente, sino como
resultado, en permanente transformación, de realidades múltiples
y diversas.
- Desde
el principio dinámico de la cultura: hay una tendencia "esencialista"
que no tiene en cuenta los cambios internos o la evolución.
Así, no se puede hablar de "una" cultura. En cada grupo
cultural hay relaciones de poder, dominio y desigualdad
que la convierten en heterogénea. Así, una propuesta de
uniformización cultural lo es, a su vez, de raquitismo social.
- Desde
una visión horizontal de la cultura: desde la cultura occidental
hay una fuerte tendencia al menosprecio de las culturas,
silenciándolas o desvalorizándolas, atribuyéndose un lugar
en la cúspide de una pretendida "escala evolutiva lineal".
- Desde
el principio de cultura crítica: se ha de estar atento,
pues la aceptación de la diferencia cultural puede generar
una actitud pasiva sobre algunos hechos culturales que generan
desigualdad. Se trata de entender que los valores están
en continua construcción justamente para actuar contra las
injusticias, tanto sociales como culturales, que pueden
sostenerse tras la máscara de la "tradición" cultural. Se
debería no actuar desde posiciones de superioridad ni moralizantes,
pero sí con una actitud activa ante los abusos y atropellos
sociales ocultos tras el ámbito cultural.
- Desde
el principio de una cultura de transformación: la cuestión
cultural, a veces, es utilizada para proteger y legitimar
determinados intereses económicos. Atribuir problemas de
fricción social sólo a factores culturales puede, a su vez,
esconder un problema de dominación económica.
En
este sentido, los educadores también deben examinar el desarrollo
de los discursos y las prácticas pedagógicas -ausencia o desviación-
que demonizan a los que son diferentes. Esto significa comprender
que la etnicidad no es "ajena a lo blanco", para cuestionar
la cultura de lo occidental en sí misma. De no practicarlo,
lo occidental queda, también, naturalizado sirviendo de definición
frente a lo "extraño".
A
todo ello podría añadirse el modelo de pedagogía fronteriza
aportado por Giroux (1994) cuando dice "a mi parecer, todas
las formas de fascismo, mitigadas o poderosas, están edificadas
sobre una noción totalizadora de cultura que es equiparable
a la eliminación de la diferencia. (…) Sólo podemos tratar
la cuestión de las diferencias culturales reconociendo que
educadores y estudiantes han de ser cruzadores de fronteras".
Para Giroux este concepto sugiere algo muy subversivo y desestabilizador
y, justamente por ello, constructivo. En este sentido los
educadores tienen que convertirse en algo más que turistas
intelectuales. Han de introducirse en otras esferas donde
para asumir la especificidad de diferentes contextos, geografías,
lenguajes, de la alteridad, y esa alteridad en ellos mismos.
La pedagogía fronteriza sugiere la necesidad de moverse dentro
de múltiples discursos para lo que es necesario un lenguaje
itinerante y de tránsito. Los educadores, así, se convierten
en cruzadores de fronteras, permitiendo que el núcleo de su
análisis se desplace, se mueva, gire y se cierre sobre sí
mismo.
Con
este punto de partida, el diálogo se centra en lo que se puede
lograr juntos. Dice McLaren (1996) que aquello que podemos
llegar a ser juntos es prioritario a lo que somos. Es decir,
antes de hablar en solidaridad yo no debería pedir que los
demás me presenten sus papeles de identidad. Hacerlo supone
ser un guardia de frontera y no un cruzador de fronteras.
Consiste en luchar contra nuestra incapacidad de ver nuestro
propio reflejo en los ojos de los demás.
Bibliografía
- ALEGRET,
J.L. (1992): "Diversidad y educación", en VV.AA.: Sobre
interculturalitat: documents de treball de la tercera i
quarta Escola d'Estiu sobre Interculturalitat. Girona,
Fundació SER.GI.
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A. (1996): Racismo, discurso periodístico y didáctica
de la lengua. Almería, Universidad de Almería.
- CAÑADELL,
R.M. (1992): "Els nous reptes de l'ensenyament: la interculturalitat",
en VV.AA.: Sobre interculturalitat: documents de treball
de la tercera i quarta Escola d'Estiu sobre Interculturalitat.
Girona, Fundació SER.GI.
-
GIROUX, H.A. (1994): Placeres inquietantes. Barcelona,
Paidós.
- JULIANO,
D. (1993): Educación intercultural. Escuela y minorías
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- McLAREN,
P. (1997): Pedagogía crítica y cultura depredadora.
Barcelona, Paidós.
- OLIVEIRA,
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en GUTIERREZ MARIN, A. (Coord.): Formación del profesorado
en la sociedad de la información. Segovia, E. U. De
Magisterio.
- YOUNIS,
J.A. (1993): El aula fuera del aula. La educación invisible
de la cultura audiovisual. Las Palmas de Gran Canaria,
Librería Nogal Ediciones.
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