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Hoy
empieza todo
Josep.
M. Muñoz
El País, 29 de enero de 2000
No
es, como ya saben quienes la han visto, una película al uso.
Aunque, afortunadamente, Hoy empieza todo, la última producción
del francés Bertrand Tavernier, no constituye una excepción
dentro del cine europeo (…). La trama argumental es simple:
los problemas cotidianos a los que se enfrenta un director
de un colegio de primaria en una pequeña ciudad norteña de
Francia. Una población que antes vivía de la minería y que
ahora se ve azotada por el paro, con la consiguiente precariedad
económica de muchas familias, insuficientemente asistidas
por un Estado de bienestar que no llega a todos los que lo
necesitan. Ello hace que el maestro de escuela -un trasunto
del yerno de Tavernier- se vea obligado a actuar más a menudo
como un asistente social que como un educador. La película
refleja -tiernamente, sin estridencias ni trampas- una dura
realidad social de nuestro tiempo, pero no se limita a dar
testimonio sino que persigue, ante todo, provocar en el espectador
una reflexión sobre esa misma realidad y los modos de enfrentarla.
Una de las reflexiones que a mi parecer resumen mejor la cuestión
planteada en el filme, la formula el personaje de la maestra
de más edad, que ha vivido otras épocas, y que cuenta a la
cámara una realidad tan sencilla como ésta. "Antes tenía 45
alumnos por clase, pero eran disciplinados y llegaban puntuales
y limpios, y eso que había pobreza. Ahora tengo 30 alumnos
por clase, pero la disciplina ha desaparecido, llegan tarde
y van sucios". Descuidados, y cabría añadir, en algunos casos
mal alimentados. "¿Qué puedo darles?", se pregunta la vieja
maestra, la más afectada por el drama humano que estalla a
mitad de la película. Y se responde a sí misma: "Pues sólo
algo de lo que más falta les hace: afecto".
Ni
la pregunta, ni su respuesta, son baladíes. Plantean una de
las cuestiones esenciales a la que se enfrenta nuestra sociedad
posindustrial: qué (y cómo) podemos enseñar a nuestros hijos,
en una escuela donde se ponen de manifiesto problemas como
la desestructuración familiar, la violencia, el alcoholismo
y, por encima de todo, la incomunicación. Unos hijos que pasan
muchas horas ante la televisión, que no leen, que no hablan
apenas con sus padres, y que en consecuencia no saben formular
sus problemas ni sus necesidades, hasta el caso extremo de
un niño que no puede siquiera hablar. Esto nos debería hacer
reflexionar sobre uno de los grandes temas que están detrás
de la película, que no es otro que la responsabilidad de los
padres: respecto a la educación de sus hijos, ante todo, pero
también respecto a su relación con el Estado de bienestar
(como ha recordado Tony Blair en Gran Bretaña, y ha levantado
unas críticas demasiado fáciles de una cierta izquierda que
no quiere ver la necesidad imperiosa de hacer una reflexión
sobre la familia desde posiciones progresistas).
De
hecho, el núcleo del problema reside en los cambios sustanciales
sufridos por dos de los puntales básicos sobre los que se
sustentaba la sociedad industrial: la familia y el trabajo.
Dos mundos que, aunque pudieran llegar (y llegaban) a ser
opresivos y opresores, procuraban a menudo la cohesión y la
solidaridad y que, al desaparecer en su forma clásica, han
dejado tras de sí un enorme vacío, muy difícil a veces de
llenar a pesar de los esfuerzos de los asistentes sociales
y de los maestros. La familia -cuyo pasado Tavernier no idealiza,
puesto que los problemas de comunicación también los tiene
el maestro con su padre, un minero retirado- se ha modificado
y ha dado lugar a nuevas formas, que han tenido sin duda su
positivo efecto liberador, pero que han podido acentuar también
la soledad y la indefensión de los individuos. Por lo que
respecta a la cultura del trabajo (…) nuevas formas de asociacionismo
y de socialización deberán sustituir a las antiguas, en un
mundo que es sustancialmente distinto al que heredamos de
nuestros padres, en el que habrá cada día más inmigrantes
procedentes de otras culturas, del que han desaparecido muchas
antiguas certezas -empezando por la de tener trabajo-, pero
en el que debemos asegurarnos que esos viejos valores -la
libertad, la igualdad y la solidaridad- sigan tan presentes
como en todo el filme de Tavernier. Porque, en definitiva,
quizá sea de verdad que hoy empieza todo.
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