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Para introducir el tema de este foro, hablemos primero de las funciones que
por tradición han sido atribuidas a cada uno de los actores sociales de
nuestra pregunta, la familia y la escuela.
Dentro de la familia, el aprendizaje se basa en la repetición de modelos
representados por los padres y/o familiares, quienes inculcan en los hijos
una formación moral en la que se incluyen principios, pero también
prejuicios; es dentro del núcleo familiar donde nuestros niños y niñas,
inmersos en un ambiente de afectividad, aprenden (o deberían aprender)
normas de socialización tales como hablar, vestirse, asearse, convivir y
compartir con sus semejantes reglas básicas que les permitirán hacer una
primera distinción entre aquello que se considera bueno y malo.
Por su parte, la escuela tradicionalmente se ha presentado como una
continuación de la familia, donde, bajo un sistema rígido y programado, se
enseñan, además de los contenidos curriculares, valores como el
nacionalismo, la buena conducta, entre muchos otros, que a su vez también
señalan una continuidad del esquema entre lo bueno y malo en el alumno.
En las últimas décadas, el papel de la familia ha cambiado
significativamente por encima del de la escuela; en ello han influido
factores como la incorporación de la mujer al mundo laboral, el número de
miembros en las familias, el incremento de divorcios, y con ello, la
desintegración familiar, que han contribuido a que los niños y niñas desde
temprana edad pasen menos horas del día con sus padres, tiempo que a su vez
ha sido ocupado por otras instituciones, llámense escuelas, guarderías o
personas ajenas a la familia (niñeras o "canguros") e incluso en muchos
casos por los medios de comunicación representados por la televisión.
Todos estos cambios dentro de la estructura social afectan a la relación
entre la familia y la escuela, ya que los niños y niñas asisten a los
colegios desprovistos del suficiente apoyo familiar, y esto se refleja no
sólo en situaciones concretas como la necesaria ayuda que los padres deben
ofrecer a sus hijos en los deberes escolares, sino que va más allá, y
debilita factores internos más profundos y que marcan en la vida de cada
individuo marcos de referencia que cumplen la función de guía moral en la
vida.
Esta realidad nos lleva a reflexionar y cuestionarnos: ¿bajo qué tipo de
educación están creciendo las nuevas generaciones, si la actividad amorosa
con que los padres pueden enseñar a los hijos está siendo sustituida por el
rigor de las instituciones?
La función actual de la escuela ante este panorama se enfrenta a un doble
compromiso, al sustituir en algunos campos funciones básicas anteriormente
reservadas al seno familiar.
Permitir una actitud distante de la familia ante los compromisos que tiene
en la formación de los infantes sólo puede contribuir al deterioro de las
formas de aprendizaje, debido a que éstas basan parte de su eficacia en la
solidez de los esfuerzos familiares fundamentados en principios de realidad
suficientemente asentados.
La responsabilidad de la familia y de la escuela debe ser por tanto un
esfuerzo compartido y sobre todo un compromiso mutuo, que tiene que
sobrepasar factores económicos, políticos y sociales que suelen alejarlos de
su natural compromiso como formadores y guías de la educación.
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