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LA PERDICIÓN
DE LA LECTURA
Fernando
Savater
Vivimos
entre alarmantes estadísticas sobre la decadencia de los libros
y exhortaciones enfáticas a la lectura, destinadas casi siempre
a los más jóvenes. Hay que leer para abrirse al mundo, para
hacernos más humanos, para aprender lo desconocido, para aumentar
nuestro espíritu crítico, para no dejarnos entontecer por
la televisión, para mejor distinguirnos de los chimpancés...Conozco
todos los argumentos porque los he utilizado ante públicos
diversos: no suelo negarme cuando me requieren para campañas
de promoción de la lectura. Sin embargo, realizo tales arengas
con un remusguillo en lo hondo de mala conciencia. Son demasiado
sensatas, razonan en exceso la predilección fulminante que
hace ya tanto encaminó mi vida: convierten en propaganda de
un master lo que sé por experiencia propia que constituye
un destino, excluyente, absorbente y fatal.
Dice
excelentemente Manlio Sgalambro (Del pensare breve): "No se
trataba, en aquel tiempo, de leer como si eso fuera un medio
para formarse, detestable uso del libro. No, era sólo un modo
de existir." Exactamente. Y el cambio sufrido en nuestros
días no es cuantitativo (leer más o menos libros), sino cualitativo:
"Lo que fue un modo de ser es hoy sólo un comportamiento:
se leen libros, eso es todo." Algunos entramos un día en los
libros como quien entra en una orden religiosa, en una secta,
en un grupo terrorista. Peor, porque no hay apostasía imaginable:
el efecto de los libros sólo se sustituye o se alivia mediante
otros libros. Con razón los adultos que se encargaron de nuestra
educación se inquietaban ante esa afición sin resquicios ni
tregua, con temibles precedentes morbosos... también literarios:
¡el síndrome de don Quijote! De vez en cuando se asomaban
a nuestra orgía para reconvenirnos: "¡No leas más! ¡Estudia!".
Ahora es común la confusión entre leer y estudiar, quizá alentada
por bienintencionadas campañas pedagógicas. Y es que los verdaderos
libertinos buscan su goce, no hacer prosélitos: todo afán
misionero es puritano. Si el libertino compra cómplices es
sólo por contagio, no mediante sermones.
Ser
por los libros, para los libros, a través de ellos. Perdonar
a la existencia su básico trastorno, puesto que en ella hay
libros. No concebir la rebeldía política ni la perversión
erótica sin su correspondiente bibliografía. Temblar entre
líneas, dar rienda suelta a los fantasmas capítulo tras capítulo.
Emprender largos viajes para encontrar lugares que ya hemos
visitado subidos en el bajel de las novelas: desdeñar los
rincones sin literatura, desconfiar de las plazas o las formas
de vida que aún no han merecido un poema. Salir de la angustia
leyendo; volver a ella por la misma puerta. No acatar emociones
analfabetas. En eso consiste la perdición de la lectura.
Es
algo que nos da intensidad al precio de limitarnos mucho,
desde luego: no hay intensidades gratuitas. Los libros funcionan
a costa de nuestra energía. Somos su único motor, a diferencia
de lo que ocurre con televisores, vídeos y fonógrafos. En
la habitación vacía puede seguir encendido el televisor o
sonar la música, pero el libro queda inerte sin su lector.
De ahí la peculiar excitación y fatiga anticipada que sentimos
al entrar en una biblioteca (pero no en un almacén de vídeos):
se nos propone una tarea, se nos ofrecen diversos espectáculos.
Por eso al promocionar la lectura callamos púdicamente el
riesgo de sus excesos, de los que somos devotos. ¿Somos? Quizá
ya no. Lo que parece haberse perdido no es el hábito aplicado
de leer, sino la indócil perdición de antaño. Ante los educandos,
uno repite los valores formativos e informativos de los libros,
para no asustar. Pero se calla lo importante, la confidencia
de Manlio Sgalambro: "Puede que sólo por eso merezca la pena
existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes
de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por
eso, muy bien se puede vivir".
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