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LECTURA
DE VERANO
Antonio
Muñoz Molina
Quizá
sea verdad que el hábito de la lectura pertenezca a un tiempo
que no es exactamente el de ahora mismo. Me refiero a la verdadera
lectura, al sumergirse gradualmente en un libro igual que
un buzo atraído hacia el limo del fondo del mar por el peso
de plomo de sus zapatones, a la lectura que excluye el mundo
alrededor, que se convierte en una tarea mayor, sustantiva,
de largas horas diarias, como la convalecencia para los solemnes
enfermos alemanes de La montaña mágica. Ahora, en estos días
de calma en los que no hago prácticamente nada más que leer,
rodeado de un perfecto silencio en posición casi horizontal,
me doy cuenta de que a lo largo del año anda uno demasiado
alterado y demasiado disperso como para dedicarse de verdad
a la lectura, y que los libros, en los que uno debe adentrarse
como en las densidades ingrávidas de un sueño muy profundo,
tienden a ser entretenimiento sin mucha sustancia, sueños
demasiado rápidos o superficiales como para alimentarnos el
alma y la imaginación y fortalecernos la vida. Lee uno sin
sosiego, a saltos, en diagonal, y no por el gusto limpio de
leer, sino por ponerse al día, por la presión publicitaria
de la actualidad, incluso por malevolencia: algunas veces
se abre y se inspecciona un libro con la simple intención
de comprobar que es tan malo como uno había calculado, y en
esa actitud hay un punto de encanallamiento menor que enturbia
las mejores disposiciones del espíritu.
De
esas lecturas superficiales y fragmentarias, acaba uno tan
estragado como de las malas comidas, nervioso, mal alimentado,
pero suele vivir tan inmerso en el ruido de todos los días
que sólo se da cuenta de lo que estaba perdiéndose cuando
logra detenerse y abre un libro y empieza a leer de verdad,
a leer como leía en la infancia, horas y horas escondido al
fondo de la casa y tumbado en alguna parte, tan poseído por
la lectura como cuando descubría a Cervantes, a Verne, a Proust,
a William Faulkner. De ese modo de leer, que exige pereza,
disposición de ánimo, quietud y mucho tiempo por delante,
hablaba el otro día en estas páginas el gran Derek Walcott,
que es sin duda uno de los poetas mayores de estos tiempos,
pero que las fotos tiene pinta de cualquier cosa menos de
Premio Nobel de Literatura.
Con sus gorras de pobre, sus vaqueros y sus zapatillas deportivas,
Walcott se parece más bien a esos emigrantes africanos a los
que el Ministerio del Interior español devuelve narcotizados
a los aeropuertos de Mali o de Guinea Bissau, pero además
tiene el coraje de declarar en voz alta lo que a otros se
nos olvida o nos da pudor decir: no importa que el número
de personas que leen libros sea muy inferior al de quienes
miran la televisión, porque en la soledad y en la deliberación
de la lectura hay algo de sagrado. Las palabras literales
que usa Walcott tienen al mismo tiempo exactitud y entusiasmo,
y me describen a mí mismo mi tarea de estos días, mi regreso
a la casa antigua, protectora e intacta de la lectura: "Escogemos
un lugar tranquilo, en silencio, y comenzamos a leer con un
respeto que puede convertirse en reverencial".
Empieza
uno a preguntarse si leer no será una forma de vida, un oficio
que exige para lograr cierta maestría, tantas horas diarias
de dedicación y sosiego que apenas nadie está en disposición
de cultivarlo. A los grandes lectores me los imagino siempre
como lectores antiguos, como rentistas solitarios y uraños:
Josep Pla leyendo las memorias inabarcables del marqués de
Saint-Simon durante los inviernos rurales en su masía del
Ampurdán, Pío Baroja pasando los meses entre junio y octubre
en su casa de Iztea y dedicado únicamente a leer y a caminar
por el campo, a estudiar la historia y el alma humana en los
libros y los detalles de la vegetación y de las estaciones
en aquella Arcadia a la que se retiraba todos los años. ¿Y
qué hacía Stendhal, en su consulado tedioso de Civittavecchia,
sino leer e inventarse recuerdos de mujer y escribir novelas
que no empezarían a encontrar sus lectores hasta varias generaciones
después, según él mismo calculaba, no sin melancolía?
A
Stendhal, por ejemplo, hay que leerlo ahora, en verano, con
mucho tiempo y mucha tranquilidad por delante, pues sólo entonces
nos volvemos de verdad huéspedes de su imaginación y semejantes
y contemporáneos de sus personajes. A mí me intriga siempre
que cuando llega el verano todos los periódicos se dediquen
a recomendar las lecturas más frívolas, los best sellers fabricados
más industrialmente, las vulgaridades más de moda. Justo ahora
es el momento de dedicarse a los libros mejores, a los poemas
que cristalizan el tiempo en unas cuantas líneas de simultánea
claridad y misterio, a las novelas que resumen épocas y vidas
en unos cientos de páginas, porque eso es lo que una novela
debe darnos, la sensación íntegra de una experiencia y una
época, la intensidad de una biografía imaginaria vivida como
si fuera la nuestra.
Es
verdad lo que dice Derek Walcott: en la elección de un libro,
en la decisión de leerlo, hay algo de sagrado. Al emprender
el viaje, en medio de la confusión de los preparativos, una
de las tareas más serias es detenerse a pensar en los libros
que llevará, uno consigo, porque una lectura equivocada puede
volvernos estéril el tiempo tan valioso y tan breve del que
disponemos. Viajamos con nuestro libro a un lugar donde intentaremos
edificar una isla transitoria de indolencia y de calma y al
cabo de un par de días descubrimos que a donde hemos viajado
de verdad es al libro que estamos leyendo, y que éste se nos
ha convertido en nuestro reloj y en nuestra brújula, en nuestro
mapa del mundo, en nuestra casa hospitalaria de palabras leídas
en silencio. Cuando regresemos, cuando nos vuelvan a atrapar
las temibles obligaciones de septiembre, la nostalgia del
lugar donde ahora descansamos será en gran parte la nostalgia
del libro que nos acompañaba, del simple paraíso de leer.
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