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LECTURAS ESTIVALES

Fernando Savater, 1996

Hace años, en otro agosto como éste, sufrí uno de esos traumas incruentos que nos recuerdan lo escandalosamente diversos que son los gustos humanos. La hija adolescente de un amigo languidecía con algunas compañeras de su edad en un chalé de la sierra madrileña y se me ocurrió proponerles: "Parece que os aburrís. ¿Por qué no leéis algo?". La respuesta a coro fue tan indignada que por un instante salieron de su letargo: "¿Leer? ¡Pero si estamos en vacaciones!". Me retiré cabizbajo a rumiar la dulce memoria de tantos veranos remotos, cuando para mí "vacaciones" quería decir ante todo y sobre todo "lectura", lectura sin estudio, oficio ni beneficio, lectura asilvestrada, lectura gloriosa e ingenua, es decir: nacida libre.

¡Aquellas siestas que se prolongaban hasta bien entrada la tarde, mientras Tarzán buscaba la ciudad de Opar o los misterios galácticos de la Fundación me enredaban en sus tramas futuristas urdidas por Isaac Asimov! Y cuando concluía la novela para disfrutar del fresco de la tarde con hermanos y amigos, pensaba con un escalofrío delicioso que después de cenar me esperaba una nueva con inéditas aventuras, y luego otra, y otra más, hasta el final de los tiempos..., es decir, hasta el final del verano. Entonces rezaba con fervor y sin fe: ¡que nunca acabe este verano, ay, que no termine el verano de los libros!

Esos libros yo me los preparaba a lo largo de los meses del curso con la mayor fruición: palpaba voluptuosamente las reses de mi rebaño, y las más prometedoras, las más tersas, las que auguraban resolverse en puro tocino de cielo y en ese colesterol espiritual de imaginación sin pragmáticos compromisos que indignan a los pedantes (todo pedante quiere ponernos a dieta) quedaban seleccionadas para la orgía estival. Mi mayor elogio era apartar un volumen casi irresistible, murmurando con el morboso deleite de las vísperas placenteras: "Éste, para las vacaciones de verano." Puede que alguno me decepcionase, pero sinceramente aseguro que no lo recuerdo.

No me atrevo a recomendar urbi et orbi lecturas estivales porque en ese reino del capricho ingenuo todos los trajes que sientan bien se hacen a la medida. A mí me han refrescado siempre especialmente libros que sitúan la aventura en paisajes marinos, por lo que ahora cultivo la espléndida serie de novelas de la Armada inglesa escritas por Patrick O´Brian (Edhasa), cuyos protagonistas -el audaz Jack Aubrey y el ilustrado doctor Maturin- no son inferiores a los personajes de ninguna de las sagas clásicas. Pero tampoco quiero olvidar a viejos conocidos de antaño. Por ejemplo, se cumplen ahora cincuenta años de la muerte de H. G. Wells y envidio a quienes con tal motivo descubran por primera vez La isla del doctor Moreau, El hombre invisible o La guerra de los mundos. Tusquets está reeditando todas las pesquisas del inspector Maigret, creadas por el incansable Georges Simenon, y cada una de ellas produce aún el gozo amargo y estimulante de un trago de Pernod. La editorial Valdemar hace también inmejorables ofertas: léanse Vidas imaginarias, de Marcel Schowb -uno de los maestros de Borges-, o La compañía blanca y Sir Nigel, las dos novelas caballerescas de Conan Doyle que el autor prefería por encima de todas las suyas (sobre todo de los casos contados por un tal Watson, cuyo éxito imperturbable le tenía harto). Y en Sostiene Pereira (Anagrama), Antonio Tabucchi cuenta también la gesta de un caballero sin miedo y sin tacha, aunque muy distinto a Sir Nigel Loring. Pero hay más, muchos más... ¡que dure el verano!