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CARTA A LOS HEREDEROS

Antonio Gala, 1993

Sé lo que publican las encuestas: que desde los dieciocho años en adelante, apenas dedicáis un cuarto de hora diario a la lectura y más de dos horas a la televisión; que un cuarenta por ciento de vosotros no lee nunca o casi nunca un libro. Sé que os hemos ido apartando del teatro (no escrito por vosotros ni interpretado por vosotros, ni dirigido a vosotros) y del cine y de la literatura. Sé que primero se os arrebató el latín y el griego, porque eran lenguas muertas, y que ahora se os está arrebatando nuestro propio idioma, desde su gramática hasta las obras que produjo y produce. Sé que hay quienes afirman que, aunque pudieseis comprar un libro, no sabríais usarlo, porque no es sólo que hayáis perdido la costumbre, sino que nunca la tuvisteis. Sé que se repite sin cesar que una imagen vale más que mil palabras, como si no fuesen éstas las que suscitan a la imagen, y la imagen, sin palabras, un fogonazo que se diluye pronto en lo oscuro. Sé que, en numerosas ocasiones y muy hondas ocasiones, no precisáis el flatus vocis -ese soplo de aire al que se reduce con frecuencia la palabra-: en vuestros ardientes conciertos, en el cálido cuerpo a cuerpo en que una relación culmina, en el chisporroteo de sensaciones similares que os provoca un videoclip, en el suave o brusco empujón de ciertas drogas... Lo sé muy bien; pero soy enemigo de generalizar. Y, por si fuera poco, la palabra es mi única aliada, mi arma mejor, mi puente levadizo. La pasarela que me une con mis semejantes.Por eso es por lo que escribo para todos vosotros: porque nunca me creo todo lo que dicen de todos.

Si fantaseo, me gusta suponeros con un libro en las manos. Quizá en ese mínimo cuarto de hora que conceden las encuestas... Habéis dejado, de pronto, de leer. Abandonáis el dedo índice -el que señala- entre las páginas del libro ahora cerrado. Levantáis los ojos pensando en lo que habéis leído. Vuestra mirada se pierde, no sé si lejos de vosotros o dentro de vosotros mismos. Estáis imaginando. Vosotros que, en efecto, nacisteis en la era de la imagen, imagináis por lo que habéis leído. Sobre una líneas levantáis un mundo: no ya visto, sino inventado por vosotros a través del frágil entramado de unos vocablos. Lo sacáis de vosotros, y sentís el último placer de la recreación... No hacéis caso de lo que los mayores os decimos (tenéis razón en eso: cada uno ha de aprender a equivocarse solo), pero también sé que, cuando uno escucha una música o lo emocionan unas frases deslumbradoras, se ve impulsado a buscar a alguien con quien compartir el hallazgo. El hombre es, en definitiva, en cualquier caso, un animal sociable. Y rara vez se os presentará una ocasión más honda y más directa de identificaros con otro como la que os proporcione la lectura. Como la que os proporcione comentar, con un compañero o compañera, un libro que ambos leísteis y os sugirió una duda, o el atisbo de una luz, o la concreción de una salida o de una meta que intuíais ya y adivinabais. Como en el caso de Francesca o Paolo, un libro es a menudo, por ejemplo, un tercero en amor.

Se afirma que no hay tiempo para leer: lo sé. Se afirma que la vida más deprisa que nosotros; que la literatura es morosa y pesada; que el sentimiento de urgencia es el que más presiona. Se afirma, y no es verdad. Todo lo que importa, lo que enaltece, lo que nos hace florecer, requiere un ritmo y no vale apresurarlo. Ni el amor, ni la amistad, ni el arte, ni la reflexión, ni la inquietud que la belleza nos despierta en el alma, ni el alma misma, son susceptibles de ser tratados atropelladamente. El tiempo es una dimensión elástica: hay segundos interminables y días velocísimos. Y vosotros sois además los que tenéis más tiempo. El tiempo es vuestro lujo, el amplio almacén donde almacenaréis vuestras más duraderas experiencias: esas que os servirán el resto de la vida. Con noventa años, una duquesa muy antiguo régimen me dijo: "No podré ya leer tu última novela: no me daría tiempo. Ya sólo leo opúsculos". Pero vosotros casi tenéis la cuarta parte de su edad; podéis leer y alimentarlos sin la menor prisa.

Alguien propuso, hace ya un siglo, que el servicio militar obligatorio se sustituyera por un servicio obligatorio de lectura. Suponeos qué habitables países se construirían, y cómo se harían innecesarias otras armas que las de la inteligencia y el diálogo... Sin embargo, quizá no fuese yo partidario ni de esa obligatoriedad. La literatura, de ser forzosa, dejaría de ser benefactora y subyugante y mágica. Descreo de los libros de exigible lectura: logran hacer antipáticos todos los demás. Leer no es ir a guerra alguna. En la misma página que un libro se os vuelva duro, árido o ingrato, dejadlo: no es el vuestro. El libro ha de ser cómplice, sugeridor o susurrante. Ha de llevaros, como de la mano, al paisaje en que os encontréis -más luminosos y más fértiles, si cabe- con la mejor imagen que habéis soñado de vosotros mismos. Con la mejor imagen de cuanto aspiráis a estar rodeados; de cuanto aspiráis a ser o a conseguir.