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En un mundo como el nuestro, movido por los impulsos bursátiles, pendiente de las fusiones bancarias y del precio del crudo y del cocido, todo, como es lógico, persigue o proviene del mismo inevitable sitio: el dinero. Hoy por hoy, no hay bienestar que no sea el económico ni felicidad posible sin fondos que la financien.¿Cómo convencer pues a los futuros ciudadanos del mundo que hemos creado (y padecemos) de que es posible sobrevivir en él sin todo aquello por lo que nos dejamos la piel día a día? Intentarlo es puro cinismo. Conseguirlo, un crimen. De nada sirve lamentarse por la vida que nos ha tocado vivir ni intentar enmendar los antiguos errores a fuerza de nuevas mentiras. Quemar tarjetas de crédito sólo sirve para pagar en metálico mientras te envían la nueva (y, de paso, perder algún que otro punto canjeable por regalos). El consumo, nos guste o no, no es una opción sinó una necesidad. Plantearse eso es perder el tiempo. De lo que se trata, creo yo, es de conseguir que esta necesidad no se convierta en un fin en si misma sino en un tramite necesario para saciar otras mucho mas importantes. Hay que educar en y no contra el consumo. Advertir de los peligros que conlleva su abuso, prevenir sobre la dependencia que puede llegar a crear y enseñar a usarlo correcta, moderada e inteligentemente debería ser, a mi entender, el objetivo de los padres y educadores del futuro consumidor. Demonizarlo o infravalorarlo - como por lo visto debe hacer todo intelectual que se precie (sobretodo en estas fechas) si quiere ser reconocido por sus intelectuales colegas - sólo sirve para agravar el problema y llenar páginas enteras con sentencias apolilladas. Si se quiere mejorar la situación hay que empezar por adaptarse a ella. Nosotros hemos creado al monstruo. Así, pues ¿quién mejor que nosotros para amaestrarlo?
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